Transcripción del episodio 6 de Carreta de recetas pódcast. Ilustración de Nadia Campos-Ávila

El maní o cacahuate no es una raíz, pero crece bajo la tierra. Este alimento que fue fundamental para el desarrollo de las civilizaciones prehispánicas también ha sido portador de profundos prejuicios de odio y exclusión. En 2013 el periodista peruano Javier Lizarzaburu Montani emprendió un viaje por su ADN que dejó al descubierto secretos que, como el maní, habían estado enterrados en su familia durante décadas.

Invitado: Javier Lizarzaburu Montani

[Javier Lizarzaburu] Y digo: «¿Al indio?, ¿qué indio?». «Tu». «¿Yo? ¡Pero si yo soy blanco!»

Recetas para entender quiénes somos, para encontrarnos en las diferencias, recetas para reconocernos, recetas de una carreta que carga ingredientes, personas, migraciones. Esto es Carreta de recetas.

[Javier] Fue un momento bien especial el día que me di cuenta que no era blanco. Eso fue cuando estaba estudiando en España, ya tenía 25 años, creo, y un día alguien me dice: «¿Por qué no le decimos al indio para trabajar juntos?».

Escucharon a Javier Lizarzaburu Montani, peruano, periodista, activista cultural. Ahora, presten atención a esta otra voz:

[Juan Carlos Adrianzén] Una simple conversación en el extranjero de pronto transformó mi identidad. Corrí a ver álbumes de familia y después de frotarme mucho los ojos empezaba a ver la imagen más clara: todos parecían blancos, menos yo. En esos días no había correos electrónicos, así que le escribí una carta a mi madre: «¿quién es mi ancestro indígena?». Su respuesta vino envuelta en una especie de compasión y cariño. «No te preocupes, tú eres inteligente. Solo vístete bien y no pienses en esas cosas».

Él es Juan Carlos Adrianzén, también peruano. A lo largo de estos dos episodios Juan Carlos prestará su voz para leer algunos fragmentos de «¿Quién diablos soy?» el diario escrito por Javier en 2013 para BBC Mundo mientras esperaba los resultados de su prueba de ADN. Entre aquel primer momento en que se reconoció como no blanco y el de los estudios de ADN pasaron casi veinte años.

[Javier] Y justo esos días había estado leyendo sobre el programa de National Geographic, el proyecto que es GENO 2.0 y dije: «ah mira, aprovecho que en este momento estoy sin trabajo y resuelvo una de estas dudas que siempre había estado dándome vueltas como una mosquita que aparece una vez al año. Además como seguía incómodo con todo este tema del racismo y cómo en el Perú no se podía enfrentar una discusión seria sobre el tema. Entonces hablé con mis antiguos jefes de la BBC en Londres y les ofrecí, les digo: «oye, qué les parece si lo hago como un diario mientras me llega la información».

Me cuento entre las miles de personas que, en 2013, siguieron el diario de Javier publicado a manera de relato corto en la página web de BBC Mundo. Al igual que los demás lectores, seguí con interés su viaje por la genealogía familiar que prometía revelar la verdad sobre sus ancestros. Así comienza:

[Juan Carlos] Durante años mi identidad fue un rompecabezas con piezas que no encajaban. Con apellidos europeos y rostro mestizo, no tenía idea de quién había sido ese ancestro indígena cuyo sello genético me hacía más cercano a él, o a ella, que a mis parientes inmediatos. Con el tiempo me di cuenta que este era un tema que formaba parte de esos silencios y secretos de mi propio grupo familiar.

En las próximas dos semanas voy a compartir con ustedes la búsqueda de mis ancestros: los conocidos, los ocultos, y los que seguramente estoy por conocer. Es un tema de identidad, ADN, y de saber de dónde diablos vengo.

Javier quería adentrarse en los procesos migratorios que llevaron a sus antepasados hasta Perú, así que eligió sumarse a este proyecto.

[Javier] Lo que National Geographic te habla es, en realidad, de tus ancestros de los últimos 60 mil años. Desde que salieron de África.

Este diario que comenzó como una aventura, un experimento para aprovechar el tiempo de espera entre la toma de una muestra y los resultados del recorrido genético, transformó la manera en que Javier y luego, muchos de sus lectores, comenzaron a aproximarse no solo a su propia historia, sino a la manera en que veían la historia de su ciudad, de su país y la de América Latina.

[Javier] Eso. Fue darme cuenta que en casi todas las familias existían estos silencios, estos secretos, que no te permitían indagar más allá en tus raíces indígenas a menos evidentemente que tus abuelos o tus padres sean indígenas. Pero de lo contrario era como una ley dada no escrita que es como que te tenías que comportar.

¿Cómo se puede entender que una búsqueda tan personal, tan íntima como la del ADN, haya promovido un cambio en la visión sobre el terreno, sobre el territorio? ¿Cómo es posible que preguntarse «Quién diablos soy» haya impulsado que se declarara a Lima como «Ciudad Milenaria, ciudad de culturas»?

[Javier] Para mi fue como tejer la ciudad con mi historia personal y decir: «¡wao! Estos silencios han tenido una serie de impactos a muchos niveles». Y yo creo que salimos perdiendo tanto cuando no te miras al espejo con esa tranquilidad y esa normalidad que significa la riqueza de todas tus herencias, de todos tus antepasados.

Saber quiénes somos va más allá del conocimiento que tenemos o que creemos tener sobre la procedencia de nuestros ancestros, es un acto de exploración personal con el que es posible liberarse de prejuicios culturales, de esas verdades inventadas sobre las que se han construido las sociedades en las que vivimos. Saber quiénes somos es identificar un sesgo en la mirada que nos ha sido dado por el contexto en el que crecimos, ese sesgo que reconocemos en las personas que amamos y, también, en los miedos que nos rodean. Hoy, explorar los cajones con secretos familiares de Javier Lizarzaburu permitirá desenterrar la historia de un alimento que tiene uno de los índices de proteína más alto entre el mundo vegetal y que fue esencial para el sostenimiento del imperio más poderoso de Suramérica: el maní o cacahuate.

Soy Vanessa Villegas y les doy la bienvenida a Carreta de recetas, un programa sobre cocina, género, política y cultura.

Hoy, en Carreta de recetas el maní, secretos familiares y rastros milenarios (parte 1).

SECCIÓN 1

Todos los días tenemos contacto con alimentos. Esa relación permanente y cotidiana crea un vínculo estrecho con lo que comemos, y, al mismo tiempo, establece barreras que filtran la información esencial y terminan con una sentencia: me gusta o no me gusta. Lo demás pasa a un segundo plano.

En los episodios anteriores traté acerca de lo potentes que pueden ser las construcciones culturales alrededor de la comida, ideas que nos han acompañado por años y las tomamos como si fueran verdades inamovibles. En esta ocasión el maní o cacahuate será el alimento que, como si fuera un espejo, permitirá que Javier Lizarzaburu aborde esta otra construcción cultural: la de nuestro linaje.

El maní o cacahuate está presente en la cotidianidad de la mayoría de nosotros bien sea en su forma natural, tostado con sal o con chile, acaramelado, como ingrediente para preparaciones de sal y de dulce o en forma de mantequilla de maní e incluso, como saborizante.

El maní es originario de Suramérica y su enorme valor nutricional tuvo mucho que ver con el desarrollo de las civilizaciones en territorio peruano hace más de 4000 años y, posteriormente, con el del imperio Inca. Los tiempos han cambiado. El maní que parecía ser el alimento milagroso repleto de proteína vegetal, capaz de dar aceite, harina y ser un ingrediente ideal para espesar preparaciones, ahora es considerado un alimento de menor categoría, particularmente en comparación con las nueces europeas. Incluso se le ha llegado a temer, dado que muchas personas sufren una potente reacción alérgica al cacahuate, al maní.

[Javier] Entonces ser clase media en el Perú significa, o significaba cuando yo era niño, que si habías tenido ancestros indígenas no los mencionabas. De hecho, me acuerdo que hay una anécdota sobre una investigación que se hizo en la que un diplomático belga llega al Perú y hace una investigación. Le gustaban las investigaciones genealógicas y encuentra que la familia que lo estaba recibiendo que era una de las familias más aristocráticas de Lima tenía un ancestro indígena. Que además había estado vinculado con el Imperio inca… algo así, no me acuerdo muy bien los detalles. Este huésped belga se sintió como que tenía como un regalo que ofrecer a sus huéspedes. Entonces en una de estas cenas elegantísimas que le hicieron en la mansión limeña con mayordomos, empleadas y toda la platería, en algún momento de la sobremesa él introduce su tema así como para regalarle: «Estuve investigando y me di cuenta de que ustedes descienden de tal mujer indígena y no sé qué…». Entonces quien cuenta el relato dice que hubo un silencio sepulcral que duró unos segundos, todo, o sea como que las llamas de las velas se convirtieron en hielo. Y él se quedó como «¿qué ha pasado? ¿Por qué no se han sentido animados con mi historia?». Después lo llaman aparte una de las personas y le dice: «Fulanito de tal, muchas gracias por tu historia, pero en el Perú no hablamos de eso».

No hablamos de eso. ¿Les suena familiar? Hagan el ejercicio de poner las palabras de Javier en sus propios contextos, en sus ciudades y países… ¿Hablamos de eso? No. Seguimos sin hablarlo.

Unos años antes de que escribiera su diario para BBC Mundo, Javier contribuyó con una columna en el diario El Comercio, uno de los periódicos más importantes de su país. La columna se llamaba «Limeños de todas las cepas».

[Javier] En Lima hay un dicho que es «limeño de pura cepa». Entonces todo el mundo dice oye de dónde eres «limeño, soy limeño de pura cepa». Pero claro después con el tiempo entendí, y eso de cara a la migración, que cuando te decían eso, normalmente fuera del ámbito coloquial, familiar, era para decirle a alguien que había migrado o que era hijo de migrantes que no pertenecía a Lima, ¿no? Entonces me di cuenta que el decir «limeño de pura cepa» era decir «blanco, de clase media, clase alta».

Si hubiera que elegir un elemento común a las narrativas familiares en América latina quizás sería que siempre hay un héroe. Alguien que, a pesar de las adversidades, no solo se sobrepuso, sino que, además, pudo sacar provecho de una situación de desventaja. Y el otro elemento común, menos vistoso, pero igual de importante, son esos silencios en los que se oculta aquello que produce vergüenza. Es habitual que las historias contadas destaquen esos aspectos que muestran a las personas no como son, sino como les gustaría proyectarse. Hace parte de la naturaleza humana. Esta práctica es tan poderosa que termina por normalizar situaciones e imágenes totalmente contrarias a la realidad y no nos damos cuenta de cuánto reforzamos una fantasía. Esa fue, justamente, la gota que rebozó la copa de Javier.

[Javier] Para un día de la madre yo recibo publicidad de una de estas tiendas por departamentos muy famosa donde la única mamá de la publicidad era una señora superrubia con sus dos hijitas rubias. Y digo, claro, todo esto está tan normalizado en el Perú que ni siquiera se cuestiona. Para mi era hasta ofensivo. Entonces escribí mi columna sobre eso y digo: «Bueno, por qué no le ponemos fin a este racismo solapado». Me censuraron la columna, no se publicó y yo aluciné. Y dije: «¡No puede ser! Me han censurado. Como periodista lo único que tienes es tu nombre, tu prestigio, entonces renuncié.

El maní o cacahuate no es una raíz, pero crece bajo tierra. Este fenómeno es muy raro en la naturaleza. Ocurre en ciertas zonas tropicales en donde la variación de temperatura entre el día y la noche es extrema de manera que algunas plantas entierran sus frutos para protegerlos. El maní es un arbusto de unas flores de un color amarillo muy brillante que recuerdan a las orquídeas. Tras ser fecundadas, una parte de la flor se prolonga y empuja para abrirse paso bajo la tierra en donde se desarrolla el fruto protegido dentro de una coraza fibrosa. Esta característica le permite al maní no solo sobrevivir a climas y temperaturas adversos, sino también a depredadores inexpertos que no saben reconocer en ese arbusto modesto y sin frutos a la vista, una fuente de alimento poderosa.

Parecería como si el maní nos estuviera mandado un mensaje: hay algunas cosas que es conveniente mantener enterradas.

[Javier] Yo todavía me acuerdo de amigos que te decían con el mayor de los orgullos: «yo no tengo sangre peruana. Todos mis… mi papá, mis abuelos, todos son europeos». En uno de los capítulos hablo de eso porque en mi familia también se había creado ese mito. Como eran apellidos europeos, en algún momento se inventa esta narrativa de familia que dice que los abuelos habían nacido en Europa y no. O sea, todos mis abuelos y los bisabuelos habían nacido en el Perú en la selva, en la sierra. Porque hasta hace poco unos primos míos me decían: «Javier, cómo es el pasaporte italiano del abuelo para sacar también el pasaporte nosotros». Y les digo: «no olvídate, esa es una mentira que nos contaron».

Javier conocía bien esa necesidad de mostrarse más blanco, más europeo.

[Juan Carlos] Uno de los recuerdos que tengo de mi abuela Otilia tiene que ver con una frase que solía repetir: «hay que blanquear la sangre». No sé a qué edad debí empezar a escuchar esto, pero sí me doy cuenta de que cuando me percaté en lo raro de la frase, ya era tan habitual que nunca le pregunté qué quería decir.

Supongo que a un nivel sí lo sabía. Como suele pasar con muchos de los mensajes familiares, nunca es necesario explicarlos. Solo repetirlos hasta que ese pequeño y potente mecanismo llamado el inconsciente, lo descifre por uno y los deje ahí, guardados, latentes, activados.

Presten atención al mapa, por favor. El maní o cacahuate fue domesticado en una región comprendida entre Bolivia, Paraguay y el norte de Argentina. La muestra más antigua que sugiere esa domesticación es de hace 7600 años. Los europeos conocieron al maní en La Española, la isla que hoy comparten Haití y República Dominicana. Se cree que fue Cristóbal Colón el primero en dejar referencia escrita a esta fruta en su diario del primer viaje al Nuevo Mundo con fecha del 21 de diciembre de 1492. Allí Colón contaba al maní entre los manjares que le llevaban las mujeres indígenas. Dice así: «y ellas las primeras que venían a dar gracias al cielo y a traer cuanto tenían, en especial cosas de comer, pan de ajes y gonça avellanada, es decir, maní».

Luego fue Bartolomé de las Casas quien, en 1530 aproximadamente, describió el maní con estas palabras: «Tienen otra fruta que se siembra y crece debajo de la tierra; que no son raíces, pero asemejan la carne de la avellana. La llaman maní».

Miren lo paradójica que resultó la narrativa de los colonizadores en este caso: los españoles se apropiaron de la palabra maní, pues fue la primera que conocieron para nombrar a esta fruta. Cuando Francisco Pizarro llegó al Perú en 1532 llevó consigo la palabra maní de origen tahíno y junto con los conquistadores españoles la impusieron al término inchic que usaban los Incas para nombrar a esta fruta que tenía un uso extendido en todo el Imperio. Sin planearlo, una palabra indígena se impuso sobre otra por la acción de los colonizadores.

Javier envió la muestra requerida a al laboratorio de National Geographic. A partir de entonces debió esperar dos semanas para obtener sus resultados. Mientras lo hacía indagó por el origen de sus familiares.

[Javier] Y que seguí investigando, entonces en uno de los mensajes que encontraba en mi baúl de recuerdos era mi abuelo materno al que siempre habían descrito como moreno. O nunca lo conocí. Y entonces, un día en un almuerzo de familia, hace unos años cuando todavía mi mamá estaba viva, aprovechando que estaban ahí mis tías y un tío mío que era el yerno de mi abuelo les digo: «oye, estoy investigando para este tema… el abuelo que siempre había escuchado que era moreno, ¿moreno cómo?». En el Perú tu también le dices moreno a una persona negra o a una persona mestiza para evitar también la clasificación. «¿A qué se referían con moreno? ¿Era moreno porque era mestizo o porque…?». Y todas inmediatamente: «¡Pero no Javier, por lo italiano, por lo italiano!». Y en eso mi tío alza la voz, además él había sido juez, alza la voz y me dice: «¡Javier, no! Tu abuelo era mestizo». Y digo para mi: «ah, qué bien, ¿qué problema hay?». Sin embargo, mi madre y todas sus hermanas, como esas imágenes de las gallinas cluecas, movieron las cabezas en todas las direcciones sin mirarse, sin conversar por uso segundos; y después cambiaron de tema y nunca más se volvió a hablar de eso.

Por una parte me pareció tan gracioso porque parecía algo del siglo XVIII, del siglo XIX, por otra parte me enterneció porque sin querer había tocado la vergüenza de ellas. De ellas que en Lima, seguramente, se proyectaban como descendientes de europeos cuando en realidad descendíamos todos de familias mestizas.

¿De dónde viene esa vergüenza? En parte, como lo señala Javier, de narrar la historia desde el lado del vencedor. Ese es el relato que no le ve problema a poner como imagen de día de la madre a una mujer rubia. Esa realidad en donde las personas con pieles más claras tienen mayor facilidad para conseguir trabajo, la misma que permite que en el siglo XXI haya espacios en los que se discute de racismo sin tener en cuenta voces afro o indígenas, esa realidad que anula a las personas que disienten y cuestionan lo establecido.

Javier lo planteó así a sus lectores en 2013:

[Juan Carlos] Resulta que durante la Colonia una de las instituciones más sólidas eran los llamados Estatutos de Limpieza de Sangre. Esto venía de la época de judíos y musulmanes conversos en la España del siglo XV.

Era un mecanismo que obligaba a aquellos candidatos a funcionarios de la corona a probar que descendían de un linaje de cristianos. Al llegar a América, esta institución se transformó. Con tanto cruce de razas, y dado que el rey tenía que enviar representantes de la más alta aristocracia a estas tierras lejanas, se decidió desde el principio dejar en claro quién era quien. Hacia el siglo XVIII el sistema había evolucionado, y los hijos de blancos con gente de otra raza se consideraban hijos con sangre manchada. Sangre sucia.

En esa época, los que querían ingresar a la administración virreinal tenían que probar que eran descendientes de españoles (blancos) por los cuatro costados. Hay otra versión de los estatutos de limpieza de sangre que señala que se tenía que probar también no ser hijo de uniones ilegítimas. De este modo, la sociedad colonial, mucho más diversa que la europea, terminó separándose en un sistema de castas donde todos los privilegios se reservaban para los «blancos».

Hay varias formas de nombrar al maní en el mundo hispanoparlante, la mayoría de ellas provienen de palabras en lenguas indígenas que terminaron por españolizarse. Como dije antes, maní es una palabra que viene del taíno, idioma que hablaban los indígenas de varias islas del Caribe, particularmente los que habitaban La Española. Cacahuate o cacahuete, se deriva de tlalcacahuatl palabra que quiere decir cacao de tierra en náhuatl, lengua que hablaban en el centro de México cuando llegaron los españoles. Pero había más palabras: en quechua, la lengua del Imperio inca, se llamaba inchic y en aymara una de las lenguas más habladas en los Andes bolivianos, chocopa.

Lo que sigue amerita nueva atención al mapa, porque es una muestra de la movilidad que había entre los pobladores de la América prehispánica. Ténganlo presente como referencia a las dimensiones de los recorridos: al ordenar los países del mundo por superficie de mayor a menor el quinto lugar es para Brasil, el octavo para Argentina, el decimocuarto para México, el vigésimo para Perú y el vigesimocuarto para Colombia.

De acuerdo con el investigador Gregory Kraprovickas, maní, la palabra usada por los pobladores de las Antillas y que fue asumida por los españoles, es una de las múltiples derivaciones de mandubí o manobi, como se conocía a esta fruta en lengua arahuaca. Los arahuacos comprenden una extensa familia de comunidades indígenas que va desde Las Antillas, baja por las costas de Brasil y se adentra en Suramérica hasta la frontera entre Bolivia, Paraguay y el norte de la Argentina, en esa zona de donde se cree que es originario el maní. Fue también en esa región al centro de Suramérica donde se domesticó la planta y su uso se expandió hasta Mesoamérica a donde llegó en el siglo primero antes de la era común. Para Krapovickas, esta es una muestra de la asombrosa interconectividad entre comunidades prehispánicas.

Este pasado cultural poderoso es motivo de admiración. Es, por ejemplo, parte del orgullo nacional que expresan las personas de Perú, México y Guatemala cuando se refieren a la arquitectura y el legado prehispánico que hay en sus países. Pero no se refleja en la manera en que las comunidades indígenas son tratadas por las sociedades en las que vivimos.

[Javier] Están tan normalizados el racismo y la exclusión que cuando tu lo cuestionas te dicen: «Ay, no seas acomplejado…». Y cuando alguien te dice «no seas acomplejado», ¿qué te está diciendo?: «ese es tu problema, ese es un problema personal tuyo, ¡supéralo!».

Y lo que esta serie de artículos demostró, que para mi fue un regalo fue que uno, que no era personal, ni siquiera era un problema peruano, sino que era un tema de América latina. La cantidad de comentarios que empezaron a llegar de todo el continente fue de verdad potente.

El maní llegó al continente europeo pocos años después del primer viaje de Colón, pero apenas se tiene registro de plantas para cultivo a partir del siglo XVII. Tanto exploradores como expertos botánicos tardaron varios años en comprender la verdadera naturaleza de esta planta porque si bien el fruto crecía bajo tierra, no era una raíz. De hecho, una de las ilustraciones botánicas más importantes para la descripción de esta fruta se publicó en la compilación titulada «Historia natural de Brasil» en 1648. Allí se muestra al maní como un engrosamiento de la raíz de la planta, error que continuó reproduciéndose en las publicaciones botánicas hasta comienzos del siglo XX.

Para los naturalistas pareció claro desde el comienzo que la planta del maní tenía muchas similitudes con la de los garbanzos, lentejas y guisantes. Estaban en lo cierto, el maní es una fabácea a al igual que mencionadas y las habas, la soya y los fríjoles o frijoles, caraotas, porotos o habichuelas. Sin embargo, dadas las características del fruto, incluso hoy nos resulta difícil comprender que este alimento sea de hecho, una legumbre y no una nuez.

Desmontar esas estructuras con las que hemos crecido no es tarea sencilla.

[Juan Carlos] Soy de los que piensa que estos diálogos comunes son los que fortalecen las buenas ideas. Aun así, con frecuencia en ese camino seguro nos vamos a tocar más de una vez con los muros de algunos esquemas mentales que, muchas veces sin querer, no hacen más que reproducir puntos de vista del pasado. Puntos de vista que si bien han perdido vitalidad, no han perdido vigencia.

Algo de eso me pasó estos días cuando una buena amiga me dijo, con todo el cariño que me tiene, que no debo preocuparme por lo que me digan los resultados de ADN. Que seguro que no tengo raíces indígenas. Para ella, como para un sector de limeños, esas raíces indígenas todavía son vistas como una mancha, como una mala señal.

[Javier] Entonces incluso en un primer momento cuando llego a Lima y me meto de voluntario en la única organización antirracista que había en Lima, incluso en ese grupo me di cuenta que cada vez que se hablaba de racismo se hablaba del indígena pobre, del cholo pobre, del que es menos que uno. Y yo decía claro, pero no se olviden que el racismo es transversal a toda nuestra sociedad. Y digo, qué sentido tiene mantener esta actitud paternalista y meterme como defensor de los indios y pobres, cuando yo como clase media, mestizo, era y seguía siendo víctima de actitudes racistas.

Javier se refiere a esos mecanismos del inconsciente que le impedían verse tan mestizo como es. A pesar de que llevaba años reflexionando sobre este tema, reconoció sus propios prejuicios racistas en la anticipación que plasmó en su diario mientras llegaban los resultados de su prueba de ADN.

[Javier] No me quiero poner por encima de nada, porque parte de la experiencia de escribir eso esos días, por ejemplo, fue darme cuenta también de mis propios mecanismos racistas. O sea, el racismo no solo es una actitud, me di cuenta. El racismo también se convierte en parte de tu ADN y me di cuenta cuando estaba… incluso escribí de esto también y pensé: «¿qué porcentaje indígena tendré, tendré un 20%? No es que pensara que tenía 80% europeo, pero decía, tendré 20% indígena, 20% africano… Entonces cuando me sale 40% indígena digo: «¡claro, ahí hay mi propio mecanismo, el Javier racista dentro mío que a veces estaba todavía ahí!».

Porque si tu dices «conmigo han sido racistas» te estás poniendo (en el esquema que se ha generado en el Perú), te estás poniendo en el nivel del indígena. Entonces de alguna manera bien contradictoria, extraña e irónica ese racismo internalizado te hace decir: «no, no, no. El racismo no es conmigo es con el pobre, el que está por debajo de mi». Al ser clase media y decir que habías sido víctima de racismo era reconocer esa mancha, esa suciedad de tu sangre. Pero además eso te genera vergüenza, porque como que es que te saca de ese pequeño espacio de privilegio que la sociedad te ha reconocido por ser de clase media y por haber ido a la universidad.

SECCIÓN 2

Recetas para entender quiénes somos, para encontrarnos en las diferencias, recetas para reconocernos, recetas de una carreta que carga ingredientes, personas, migraciones. Esto es Carreta de recetas.

Poco tiempo después de su desembarco en tierras brasileras, los portugueses llevaron plantas de maní a África, en particular a los actuales Congo y Angola de donde se tienen noticias de antes de 1650. Se dice que en el continente africano el maní se popularizó con rapidez, puesto que estas comunidades africanas estaban familiarizadas con el cultivo otras frutas que crecen bajo tierra llamadas, justamente, nueces de tierra. De África el maní pasó a Asia y allí también encontró condiciones climáticas y comunidades dispuestas a aprovechar todo su potencial. De hecho, pensar hoy en la cocina tailandesa sin maní resulta muy difícil.

Muchos historiadores de la comida señalan que, alrededor de 1700, los barcos con personas esclavizadas de África fueron los primeros en llevar maní a territorio de Estados Unidos. En un vistazo rápido, esta afirmación parece tener sentido. Ahora piensen en esto: como ya les conté el maní era ampliamente cultivado y consumido en el Caribe y en México antes de la llegada de los europeos. En estos territorios las comunidades humanas sabían del enorme valor nutricional de dicha fruta, pues de lo contrario, no se habrían tomado la molestia de dispersar su cultivo desde el centro de los Andes hasta los actuales Jamaica, Puerto Rico, Cuba y México. ¿Qué le impedía al maní llegar a Estados Unidos si ya había viajado por más de medio continente? En realidad, nada, solo se trata de un prejuicio racista.

Desde mediados del siglo XIX la historia del maní en Estados Unidos ha estado relacionada con la gente más pobre y en particular, con las comunidades afrodescendientes. Este prejuicio es tan poderoso que, aunque parezca obvio que en ese país ya debían existir plantas de maní antes de 1700, quienes narran la historia de esta fruta en Norteamérica aseguran con vehemencia que dicho alimento llegó a Estados Unidos en los barcos con personas esclavizadas.

Lo que sí es cierto es que las comunidades afrodescendientes tenían una relación estrecha con el consumo de esta fruta. Dado que estas personas esclavizadas se encontraban sometidas a sus amos y, en la mayoría de los casos incluso se les negaba su humanidad, la asociación y la clasificación del maní como comida despreciable fue cuestión de tiempo. Casi treinta años después de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos ocurrida en 1865, el científico afroamericano George Washington Carver trabajó en modelos de granja autosostenible que aportaran alimentos nutritivos y mejoraran la calidad de vida de las familias afroamericanas. Para la mentalidad blanca el maní pertenecía a la dieta, a la cultura de los sometidos y de alguna manera, esto logró imponerse incluso en la manera de entender la historia del alimento.

El racismo tiene raíces profundas y como lo señala Javier, en nuestras prácticas cotidianas repetimos, aún sin darnos cuenta, comportamientos de odio y exclusión.

[Javier] Creo que no hemos aprendido mucho, porque después de los años de terrorismo con Sendero luminoso, ahí murieron 70 mil peruanos, la gran mayoría el 95% fueron indígenas quechuahablantes pobres. Se hizo la Comisión de la verdad y la reconciliación y este informe de la Comisión de la verdad que fue del año 2003 habla del racismo institucionalizado como uno de los factores que permitió la muerte de tantas personas. Seguimos sin entender el país, seguimos sin entender que la realidad, en el caso de Lima por ejemplo, de la mayoría de limeños sigue siendo una realidad de pobreza, y lamentablemente, es una pobreza vinculada a un color de piel. Es como inescapable esa dinámica: pobreza, clasismo, racismo.

El racismo institucionalizado en el Perú durante el período de Alberto Fujimori incluyó planes masivos de esterilización sin consentimiento a miles de mujeres indígenas quechuahablantes. Les recomiendo ahondar en el tema con el episodio «Llamadas en espera» de Las raras pódcast y la página web de Proyecto Quipu de Maria Court y Rosemarie Lerner en donde es posible escuchar testimonios de algunas de las 272.000 mujeres esterilizadas.

[Juan Carlos] Según el profesor Peter Wade, de la Universidad de Manchester y una autoridad en temas de raza, racismo y estudios genéticos en América Latina, el patrón tradicional en la región revela que tanto en la población mestiza como en la población autopercibida como «blanca», el ADN paterno suele indicar un origen europeo.

Pero el ADN mitocondrial, el recibido de la madre, suele indicar un origen indígena. Esto corrobora la información histórica de cómo empezó a poblarse América Latina tras la llegada de los europeos.

Javier tiene claro que, a pesar de que ha ganado mucho terreno, todavía no está a salvo de replicar ciertas prácticas discriminatorias.

[Javier] Cuando trabajas y piensas en estos temas te das cuenta de que este pequeño monstruo todavía convive contigo, que está ahí. Entonces que quizás me ayuda a tener o a ser más sensible en temas de prejuicios y discriminación.

[Juan Carlos] Según explica Peter Wade en su libro sobre «Negritud, indigeneidad, multiculturalismo y genómica», en Brasil y Colombia los estudios han mostrado que población clasificada como «blanca» o «de origen europeo» tenía altos porcentajes de ancestros indígenas en su ADN mitocondrial (revelando una madre india en algún momento de su pasado).

La presencia de estos linajes ocultos, dice este científico social, tiene la capacidad de socavar las construcciones sociales basadas en algún tipo de superioridad blanca, cuando en realidad todos somos mestizos.

Para las comunidades prehispánicas era evidente que el maní o cacahuate era más nutritivo que otros alimentos. Y es que 100 gramos de esta fruta aportan 570 calorías, 25 gramos de proteína, 43 gramos de grasa además de una buena cantidad de potasio, fósforo, magnesio, vitaminas del complejo B, vitamina E y ácido fólico. Como punto de comparación, 100 gramos de carne de res aportan 143 calorías, 25 gramos de proteína, 3.5 gramos de grasa.

Los documentos coloniales dan cuenta de que los incas y las civilizaciones que los precedieron aprovecharon al máximo las posibilidades nutricionales del maní y, por supuesto, lo incluyeron en ofrendas y rituales. En el Perú prehispánico el maní se consumía de diversas maneras: crudo, tostado, molido y combinado con miel como si fuera un mazapán. Se servía frito, hervido, como polvo o crema, lo usaban para salsas, para espesar sopas y para hacer bebidas entre ellas la chicha de maní que es una bebida fermentada. Incluso ahora se acepta que los incas fueron los verdaderos inventores de la mantequilla de maní y que esta no fue una genialidad norteamericana del siglo XIX. En Mesoamérica el maní también se usaba para espesar salsas y como ingrediente en los moles, estas preparaciones que parten de una combinación de chiles, frutas, hierbas y especias, que se enriquecieron aún más con la llegada de los ingredientes transportados desde el Viejo Mundo como el ajo, la cebolla, la canela y la pimienta.

¿Por qué nos cuesta tanto entender que el encuentro de culturas enriquece?

[Javier] No, el problema no era mío, es un problema histórico del continente a distintos niveles. En algunos países, los países con mayor población indígena (Latino Barómetro que está en Chile son los que han venido midiendo esto) …son justo los países con mayor población indígena como México, Guatemala, Ecuador, Bolivia y Perú donde los niveles de autopercepción de discriminación racial son los mayores en todo el continente.

Siempre se mezcla para mí eso: la vergüenza, el prestigio, la memoria, el secreto, el silencio. Y todo, en realidad, porque el escenario, ese escenario de Lima para mi había sido un escenario históricamente muy perverso y que terminaba debilitando cualquier posibilidad de una ciudadanía inclusiva.

En el próximo episodio los alucinantes vestigios arqueológicos del maní en el Perú prehispánico serán el escenario para que Javier Lizarzaburu nos cuente por qué la historia de Lima milenaria parece un espejo de su viaje personal en la búsqueda de su identidad. Además, hablaré de distintas preparaciones con maní en América latina y de la importancia de la construcción de una ciudadanía más inclusiva que parte del reconocimiento de ¿quién diablos somos?

[Juan Carlos] Lo mismo había sucedido con mi ciudad, que al negar su memoria prehispánica terminó por enterrar una vasta herencia arquitectónica de 4.000 años de antigüedad. O la actitud de mi país, que dice sentirse orgulloso de los Incas, pero donde los grupos indígenas son los más pobres y los menos educados. En este triturador de memorias aparecieron también mis propios mecanismos racistas. Pude observarlos, escondidos y vigilantes, ubicados ahí para no permitir que se violentara el orden, silencioso, inconsciente, poderoso.

Hoy tengo menos interés en los porcentajes que me dará National Geographic.

Créditos

Javier Lizarzaburu es periodista y activista cultural. En su blog «Lima milenaria» pueden encontrar mucho del trabajo que ha hecho en su cuidad para la construcción de una ciudadanía más inclusiva a partir del reconocimiento del patrimonio.

El texto de Javier, «¿Quién diablos soy?» se encuentra disponible en la página web de BBC Mundo. Son once entregas. A Javier lo encuentran en Facebook. Gracias a Dalia Ventura, periodista de la BBC por más de 30 años por tejer este vínculo.

Gracias a Juan Carlos Adrianzén por prestar su acento limeño para leer los fragmentos del relato de Javier. Juan Carlos es el director de programación del Teatro Mayor en Bogotá, fue director del Gran Teatro Nacional de Lima. Es gestor cultural y productor de espectáculos escénicos.

La música de las cortinillas son piezas compuestas e interpretadas por el músico mexicano Ricardo Gallardo especialmente para Carreta de recetas. Ricardo Gallardo es el director artístico de Tambuco, ensamble de percusiones de México.

Ricardo Rozental es escritor y especialista en música, hace el diseño de sonido de este programa y es mi equipo de producción.

La investigación y el guion son hechos por mí, Vanessa Villegas Solórzano.

Ilustración del episodio: Nadia Campos-Ávila

Carreta de recetas es un programa de cocina, género, política y cultura. Para más recetas e historias migrantes visiten la página web Carreta de recetas punto com.

AQUÍ puede leer el artículo de BBC Mundo sobre el maní o cacahuate inspirado en este episodio de Carreta de recetas